miércoles, 17 de julio de 2019

Cuatro poemas de julio



I

No desagrada el abrazo aromado
del muelle. Procede oscuro
de allí en la noche, callejeando
entre letreros luminosos.
Hasta que lo huelen los ojos.

II

Un rumor de engaño sonríe.
Mira esa mirada oscura
y dime si no sientes ya
la morena carne contra tu pecho.

III

A lamerte los párpados
me ofrezco, oh, virgen del Carmen,
la sal seca de tus párpados;
cuando salgas del mar
en el muelle y pasees
la piedra de las calles
entre artes de pesca
y esqueletos de barcos.
Coronada de banderolas,
papelillos blancos,
bocinas y cohetes marineros,
saldrás del mar y yo
lameré el adarce de tus párpados
sólo tuyos.

Pero tu caminar cansado
es mi caminar cansado.

IV

Desnudos
procesionando
las cápsulas vacías
de nuestra vergüenza.

Alzando los brazos
ridículos con cada golpe
de fría ola.


viernes, 28 de junio de 2019

Canning Town


                       Won't you take me to...                          

Con la fuerza de mi vientre toda
traigo tras mis párpados de vuelta
el trayecto cansado de Victoria
a Canning Town. Las caras que amo
-ojerosas- centradas en sus pies
hormigueantes, en el pan bao bajo
las brillantes luces de Chinatown,
la barandilla temblorosa que desciende
al sótano en una librería de viejo,
y la latita fría de Skoll esperando
en nuestra casa cerca del cruce
de asfalto húmedo brillante,
con su pub de ingleses calvos enrojecidos,
la mesa abierta a la risa en la cocina,
el patio frío con su caseta y su menta,
el humilde odio a la metrópoli. 

jueves, 20 de junio de 2019

Dos de la infancia



LA PALOMA

Una paloma
bajo un arbusto
seco.
¿Qué presagia
esta imagen recurrente
estos días de verano
adelantado?
Hay niños que las acogen
moribundas,
les hacen un hueco
en una caja
y rebuscan torpes
en la cocina
un poco de agua, algo
de alimento.
Ofrecen tiempo al ave.
Prueban su cariño
con ella.
Pero su pecho blando
de plumas,
y su cuerpo encogido
todo,
despacio se para.
Mamá lo descubre
y dice
ya estaba ciega.
No engañan
las oscuras cuencas
de sus ojos.



LAS ORUGAS

Tarde en un pinar oscuro. Las copas
de los bajos árboles atravesadas
por la luz del sol otoñal.
Mientras los adultos discuten
de no sé qué sobre los vacíos platos
del puchero, nosotros escarbamos
la tierra, y entre agujas, orugas
procesionarias, de una fealdad atrayente,
junto a tapones de plástico sucios
y junto a una carretera transitada.
Esta misma carretera observo
por la noche por mi ventana, porque
el pasar de los coches me adormece
aunque pueda ver también las flacas
putas con el dedo pulgar levantado
y turbe mi pensar niño con posibles
mundos oscuros más allá de los muros
del cementerio. El rumor de las orugas
se vuelve ensordecedor, procesionando
entre jeringuillas clavadas al pie
de los pinos. La luz azul de la guardia
civil parando junto a la acera
para exigir paz entre dos que discuten
en portugués y polaco, porque han despertado
a mis vecinos y este mísero paisaje
ya no es más mi extraña nana privada.
Cuando me duermo sueño que tengo
diez u once años, que veo asomar el pie
de un bebé de su carro, su madre
ha confiado en mí para cuidarle
y yo hiervo en deseos de pellizcar
los dedos hasta despertar su llanto.
Rumor de orugas procesionarias
detrás de mis orejas.



jueves, 13 de junio de 2019

Bajo el suelo del barrio


Bajo el suelo del barrio
subyacen tuberías de cansancio.

Las viejas hacen té con el jugo
de adelfas salvajes de la calle.

Junto al salón de juegos, una moneda
pegada al suelo haciendo de broma
irónica o de verdad macabra.

De las venas tensadas de bloque en bloque
cuelga un par de botines
comidos de barro.

El musgo viste las grietas de las fachadas,
malas hierbas crecen al pie
de los muros parroquiales.

Un bar anuncia un partido
el próximo domingo, y caracoles
en primavera. Al final de la barra
de aluminio, el mismo cúmulo de arrugas
de siempre bebiendo pitarra.

La rutina del colegio se relaja;
pronto los niños pasarán a vivir
bajo su propia ley (el patio del recreo
                               se expande al universo)

De mesa en mesa un gitano
vende romero polvoriento.

A cierta hora se despiertan los parados,
arrullados por el toque de campanas,
por el afilador y su flauta,
por las voces del patio de luces
y el dulce sentir los párpados abrirse
seguido del miedo al nuevo día
calentando el estómago.

Bajo el suelo del barrio subyace
un querer expandir el patio del recreo,
que el universo pase a estar regido
por la ley de los niños.


lunes, 10 de junio de 2019

El cuerpo



I

Lágrima que transcurre tersa
como hilo suelto de suéter
por la mejilla colorada,
advirtiendo bella la soledad de los lunares
y el oasis de terror que es la boca
en el complejo desierto del cuerpo.


II

Cuando la boca extraña y saliva,
la lengua engorda, dificultosamente
pronuncia palabras
de súplica
y, cubierta de baba, la barbilla se topa
con la espalda.


III

Sal del primer instante en que el llanto
azota y baja, haciendo pesar la garganta
atada a un yunque de vergüenza. Todos sabéis
que está mal visto expresar la angustia violenta.
Se duele enrojecida y acude, entonces,
a coplas de la tierra.


IV

Y sobre los hombros cae.
No me beses los huesos de aquí
que los tengo astillados.
No glorifiques mi pecho
con tus labios sangrantes.

Todo viene de dentro
y lo tomo como oblea en comunión.


V

Cae tambien la noche
con el moco en el ácido
del estómago.
Se pudre lo mismo el vino
que la esperanza vibrante
del amor.


VI

Morimos solos, pero se nos permite
vestir la soledad de humo caliente.
Pensarnos en una playa mientras
el sudor desfila por las ingles.
El sexo es un prado
de espigas nacientes.


VII

Ya dormido. La espalda se agarrota.
La rodilla gira sobre sí. Una serpiente
enrollada en el tobillo. Una húmeda
enredadera sobre la sien.
Los dientes van cayendo. Se suceden
las miradas de quienes ya no aman.